viernes, 16 de abril de 2010

El número 2 de educ@upn.mx, Revista Universitaria

miércoles, 3 de marzo de 2010

El número 1 de educ@upn.mx, Revista Universitaria

domingo, 14 de febrero de 2010

El Centinela de Arthur C. Clarke



La próxima vez que vean ustedes la luna llena brillar alta en el sur, examinen atentamente el borde derecho y dejen resbalar la mirada a lo largo de la curva del disco. Allá donde serian las dos si nuestro satélite fuera un reloj, observaran un minúsculo óvalo oscuro: cualquiera que posea una vista normal puede descubrirlo. En una gran llanura rodeada de montañas, una de las más hermosas de la Luna, conocida con el nombre de Mare Crisium: el Mar de las Crisis. Casi quinientos kilómetros de diámetro, rodeada por un anillo de magníficas montañas, no había sido explorada nunca hasta que nosotros penetramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición había sido cuidadosamente planeada. Dos grandes cargos habían transportado nuestras provisiones y nuestro equipo desde la base lunar del Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros. Disponíamos además de tres pequeños cohetes destinados al transporte a cortas distancias en regiones en las que era imposible servirse de los vehículos de superficie. Afortunadamente, la mayor parte del Mare Crisium es llana. No existen allí esas enormes grietas tan frecuentes y tan peligrosas en otras partes, y los cráteres o elevaciones de una cierta altura son bastante raros. A primera vista, nuestros potentes tractores oruga no tendrían la menor dificultad en conducirnos hasta donde quisiéramos ir.

Yo era el geólogo, o selenólogo, si quieren ser ustedes pedantes, jefe del grupo destinado a la exploración de la zona sur del Mare. Habíamos recorrido un centenar y medio de kilómetros en una semana, bordeando los contrafuertes de las montañas que dominaban la playa de lo qué, muchos millones de años atrás, había sido un antiguo mar. Cuando la vida se había iniciado en la Tierra, aquel mar estaba ya moribundo. El agua retiraba de los flancos de aquellas maravillosas escolleras para fluir hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre el suelo que estábamos recorriendo, el océano que no conocía mareas había alcanzado en su tiempo una profundidad de ochocientos metros, y ahora la única huella de humedad que podía hallarse era la escarcha que descubrimos a veces en las profundidades de las cavernas, donde jamás penetra la luz del sol.

Para ller el cuento completo hacer clic aquí.

martes, 2 de febrero de 2010

Video sobre las aves

domingo, 31 de enero de 2010

El gran colisionador de hadrones



El mayor experimento científico de la historia

Para detectar las partículas más pequeñas que conforman la materia ha habido que construir la máquina más grande y poderosa del mundo. El Gran Colisionador de Hadrones, enterrado bajo la frontera francosuiza, entrará en funcionamiento a mediados de año. Su objetivo: recrear las primeras trillonésimas de segundo transcurridas tras la Gran Explosión que dio origen al universo.

Me encuentro a 150 metros bajo la superficie de la ciudad suiza de Meyrin, dentro de un socavón gigantesco. El lugar está lleno de pesadas estructuras de acero, andamios de colores, cascadas de cables y aparatos misteriosos donde resuena el chillido de perforadoras, taladros, martillos y grúas. Varios hombres hormiguean alrededor de una máquina fantástica de siete pisos que no puede describirse de otra manera que la puerta a otra dimensión.

Se trata del detector ATLAS, uno de los componentes del Gran Colisionador de Hadrones o LHC (de sus siglas en inglés Large Hadron Collider), el mayor acelerador de partículas jamás construido en la historia de la física. El artilugio de los 4.000 millones de euros, en cuya construcción han participado miles de científicos de unos 50 países. El lugar donde, después de 14 años de construcción, los físicos esperan recrear el nacimiento del universo, una y otra vez. Exactamente, 30 millones de veces por segundo.

A mediados de año, dentro del túnel de 27 kilómetros de circunferencia que une el ATLAS con otros tres detectores igualmente complejos (CMS, ALICE y LHCb), comenzarán a viajar dos haces de protones en direcciones opuestas. Más de mil imanes cilíndricos unidos como salchichas y enfriados a –271ºC, una temperatura apenas dos grados por encima del cero absoluto, guiarán a las partículas. Cuando alcancen una velocidad cercana a la de la luz, chocarán frontalmente convirtiendo su energía en la masa de nuevas partículas –o como decía la famosa fórmula de Einstein, E=mc2–. Estas colisiones, que serán minuciosamente estudiadas en el corazón de los cuatro grandes detectores, serán monumentales: recrearán las condiciones primordiales de energía, temperatura y materia que existieron cuando el universo tenía menos de una trillonésima de segundo de edad.

El objetivo del LHC es revelar las partículas infinitesimalmente pequeñas –y aún desconocidas– que escribieron las reglas de todo lo que hoy constituye el cosmos. Cualesquiera que fueran las formas de la materia y las leyes y fuerzas que regían el universo hace 14 mil millones de años, cobrarán vida brevemente una vez tras otra y, si todo sale bien, dejando sus huellas en montañas de ordenadores.

Una de las partículas exóticas que los físicos esperan “ver” es el bosón de Higgs, el hipotético eslabón perdido en la teoría que explica las características básicas del universo –el Modelo Estándar de la física de partículas–, y que aclararía qué da masa a las cosas. La partícula, según el físico teórico Álvaro de Rújula, es “una vibración en el vacío –que no es lo mismo que la nada–. El vacío es el misterio más grande del universo y a la vez de la física de las cosas pequeñas; y para entenderlo tenemos que saber si esta partícula existe o no”.

Y si existe alguna máquina capaz de mostrarnos la elusiva criatura celestial, esta es el Gran Colisionador de Hadrones –que, dicho sea de paso, son una categoría de partículas grandes que incluye a los protones–. El LHC es operado por el personal del CERN, la Organización Europea de Investigaciones Nucleares. El mismo lugar donde se inventó la World Wide Web, y que ahora se halla en proceso de creación del Grid, una red global de ordenadores que promete revolucionar el mundo de la computación, aún más poderosa que internet.

El próximo Big Bang

Recrear la Gran Explosión dentro de un laboratorio despierta ciertos temores. ¿Explotará media Europa con cada colisión? ¿Podrían crearse agujeros negros capaces de tragarse la tierra entera? Realmente no, dicen los físicos. Es cierto que existe la posibilidad de que aparezcan diminutos agujeros, e incluso nuevas dimensiones en el espacio-tiempo, pero esto no supondrá ninguna catástrofe.

Y es que, si bien los protones viajarán a una velocidad próxima a la de la luz, son tan diminutos que al colisionar producirán una pequeñísima cantidad de energía: unas 30 trillonésimas veces menos que la liberada por una bombilla de 60 vatios en un segundo. Los haces protónicos dentro del acelerador son otra cosa. Cada uno de ellos, que contiene 280 trillones de protones con una energía combinada equivalente a la de un tren a 200 kilómetros por hora, estará metido dentro de un túnel con un diámetro que no supera el de un cabello y dará, nada más y nada menos, la friolera de ¡11.245 vueltas por segundo! Si, por alguna razón, un haz se desviara, podría agujerear cualquier cosa, aunque la víctima más probable sería el mismo aparato. Por eso se usan poderosos campos magnéticos, para mantener a raya a estas bestias subatómicas.

También descrito como la máquina del tiempo o el telescopio Hubble de la física, el LHC promete más de un Premio Nobel, y un modelo simple y bello que explique el elegante funcionamiento de una naturaleza que hasta ahora nos resulta harto complicada. Ciencia a lo grande para las cosas más pequeñas.

Ángela Posada-Swafford

En: http://www.muyinteresante.es/rcs/minisites/2009/lhc/

Cuento de Elena Pniatowska

viernes, 31 de julio de 2009

Revista Universitaria: educaupn.mx



Arranca un proyecto universitario editorial del Área Académica: Teoría Pedagógica y Formación de Profesionales de la Educación de la Universidad Pedagógica Nacional. Después de muchos meses de trabajo está en la red la revista digital que lleva por título: educ@upn.mx, Revista Universitaria. Nace de la propuesta de la Comisión de Difusión del Area Académica.
Cambia el sentido comunicativo: de una revista analógica (impresa) a una revista de usuarios de pantallas en Internet.